JERUSALEM.- La devoción y la fe no bastan para vivir la Semana Santa en Jerusalén. El buen peregrino que viaja estos días a la Ciudad Santa debe además estar en forma, dispuesto a trasnochar y no tener fobia a la multitud ni miedo a los enfrentamientos. Además, se valoran el conocimiento de idiomas y la capacidad de sacrificio.

En Jerusalén le esperan horas de caminata por las estrechas calles de piedra de la Ciudad Vieja y por el Monte de los Olivos. También noches en vela para la adoración y el culto, procesiones en masa que pueden acabar en choques con la policía o incluso en peleas entre sacerdotes, y un largo programa de misas y procesiones en latín y en árabe.

La mayoría de los peregrinos coincide en que el agotamiento y la angustia les hace acercarse al sufrimiento de Jesús durante su Pasión. Así lo afirma Graciela, venida desde México, después de haber recorrido el Vía Crucis un lluvioso Viernes Santo, en el que miles de personas desfilaron a paso de tortuga durante cuatro horas por la Vía Dolorosa.

Muchos de los penitentes y curiosos relatan que pueden pasar del agobio o el miedo al sentimiento espiritual más profundo en cuestión de minutos, desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección.

El buen peregrino asistirá a un mínimo de cuatro misas y tres procesiones. Y le importa sobre todo la del Viernes Santo, para la que elige en ocasiones alquilar una cruz por 50 dólares, un módico precio comparado con el sacrificio de cargarla hasta el Santo Sepulcro entre la multitud.

La noche antes, el buen peregrino ha dormido escasas horas, pues pasó la noche en vela para la adoración en el Santo Sepulcro o estuvo hasta entrada la noche en la "Hora Santa" en Getsemaní. Ahí, en la Iglesia de la Agonía del Monte de los Olivos se celebra el Jueves Santo una oración nocturna en silencio para conmemorar la oración de Jesús en el huerto antes de ser besado por Judas y prendido.

El buen peregrino no come carne en Viernes Santo y adaptará además el estómago a los productos locales. La variada gastronomía palestina ofrece tres alimentos propios y únicos para este día: la "basca", una especie de rosca de pascua; el "surik", similar pero con huevo, y la "mujadara" que mezcla el arroz con otras legumbres para respetar la abstinencia de carne.

Entre las ceremonias de más color están la procesión fúnebre del viernes y la del fuego sagrado el sábado, a las que se acude con claveles blancos y rojos, y una vela especial compuesta de 33 pequeñas velas que representan la edad de Cristo.

Mientras que la de hoy está marcada por el ambiente solemne de un funeral, la segunda es una de las festividades más alegres de la Semana Santa en la que el alcohol, los tambores y las gaitas recorren las calles de la Ciudad Vieja mientras el fuego sagrado va pasando de vela en vela, de peregrino en peregrino.

El viajero siempre está rodeado de sotanas, hábitos, gorros, cofias y cruces que le resultan extrañas: puede tratarse de cristianos etíopes, generalmente vestidos de blanco; griegos ortodoxos, armenios, sirios o coptos, de hábito negro; y de cruces ortodoxas, con un brazo horizontal y otro inclinado.

No faltan quienes añaden al escenario religioso un contexto político. "Ha sido un regalo poder venir aquí, pero no olvido a los muchos cristianos que viviendo a pocos kilómetros de Jerusalén están aislados y no pueden visitar sus lugares santos. Rezo por ellos y porque llegue la paz a esta tierra", afirma Magdalena, de Puerto Rico, sobre las restricciones que Israel impone a los cristianos palestinos que viven en Cisjordania para visitar Jerusalén.

Por último, después de esta inmersión espiritual, festiva, religiosa y política, el buen peregrino quiere llevarse un recuerdo a casa, no sin antes pasarlo por la piedra que todo lo limpia, en la que también el cuerpo de Jesús fue depositado tras sangrar en la Cruz y ser embalsamado. Después de todo esto, el buen y agotado peregrino vuelve satisfecho a casa. (DPA)